Te invitamos a rezar con fe la Oración a Nuestra Señora de Fátima, poniéndote bajo la protección maternal de la Virgen María. También te animamos a completar el formulario y compartir tus intenciones, para que las presentemos en la Santa Misa, pidiendo a Dios y a la Virgen que intercedan por ti y por tus seres queridos.
¡Oh Virgen Santísima!, como una madre que visita a sus hijos, habéis bajado del cielo para visitarnos y decirnos lo que hemos de hacer para salvar nuestras almas; quiero aprovecharme de vuestras enseñanzas, a fin de ir un día a Vos y gozar para siempre con Vos de las delicias de la gloria. Amén.
1. La primera lección que nos dais es que recemos cada día el santo Rosario. Ya que vos lo deseáis, así lo haré con toda la familia, reunida en vuestro nombre, sin que la negligencia ni las ocupaciones me retraigan de hacerlo. Avemaría.
2. La segunda lección que de Vos recibimos es la devoción a vuestro Inmaculado Corazón, a vuestro corazón de Virgen, de Madre, de Reina y de Abogada. Así lo haré desde hoy, y digo y diré siempre con toda confianza: Dulce Corazón de María, sed la salvación mía. Avemaría.
Madre, aquí tenéis a vuestro hijo: guárdadme.
Madre, aquí tenéis a vuestro hijo: sálvadme.
Madre, aquí tenéis a vuestro hijo: llevadme con Vos al cielo, donde en vuestra compañía pueda ver y poseer a Dios. Así sea.
Tal vez no lo percibas, pero rezar la Oración “Oración a Nuestra Señora de Fátima” tiene una enorme importancia y puede transformar tu vida. Y no hablo únicamente de esta oración en particular, sino de todas las oraciones que puedas elevar a Dios.
La oración es un medio necesario y seguro para alcanzar la salvación y recibir todas las gracias que nos son imprescindibles en este camino. Yo no tengo esa posibilidad, pero si pudiera, imprimiría tantas copias de este libro como cristianos existen en la tierra y las pondría en sus manos.
Lo que más me duele es ver que muchos sacerdotes dedican poca atención a explicar a sus fieles el valor de la oración. Y también que tantos libros de religión que circulan entre los cristianos hoy en día no insisten lo suficiente en ello. Cuando en realidad, todos los sacerdotes y todos los libros deberían hablar con insistencia de la oración.
Es cierto que se enseñan medios excelentes para conservar la gracia de Dios: evitar las ocasiones de pecado, frecuentar los Sacramentos y otras prácticas muy útiles. Pero ¿de qué sirven las predicaciones, las meditaciones y todos los consejos espirituales sin la oración, si el mismo Señor ya nos advirtió que no concede su gracia sino a quienes oran?
Son palabras de Jesús. Sin la oración, desde la perspectiva de la providencia ordinaria, serán inútiles todas nuestras meditaciones, todos nuestros propósitos y todas nuestras promesas.
Si no oramos, seremos siempre infieles a las luces que recibimos de Dios y a los compromisos que asumimos.
La razón es clara: para obrar verdaderamente el bien, para vencer las tentaciones, para vivir las virtudes y, en una sola palabra, para cumplir los mandamientos de Dios, no bastan las luces recibidas ni las buenas intenciones. Se necesita además la ayuda constante de Dios.
Las luces, reflexiones y propósitos sirven para impulsarnos a orar en medio de los peligros y tentaciones; y con la oración alcanzamos el auxilio divino que nos libra del pecado. Pero si en esos momentos no rezamos, estaremos perdidos.
Por eso insisto en dar gracias al Señor: porque es una inmensa misericordia que Él conceda a las almas la luz y la gracia para orar. Espero que quienes lean estas palabras nunca se desanimen ni olviden recurrir siempre a Dios mediante la oración, especialmente cuando se vean tentados a ofenderlo.
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